miércoles, 28 de marzo de 2007

Un día gris

"Sueños con palomas" (Orlando Herrera)

El día ha comenzado frío, gris e inexplicablemente silencioso. Lo primero que me he encontrado esta mañana, al comenzar la jornada, ha sido con dos hechos que podría interpretar como un vaticinio aciago. No es que sea supersticioso ni que de crédito a signos ni premoniciones de ningún tipo. Pero no he podido evitar relacionar lo que he visto y el sentimiento que me ha provocado, con pensar que algún significado puede esconder.

En el patio de entrada a mi lugar de trabajo, me he tropezado con una paloma muerta provocándome una sensación de mucha lástima. Se encontraba refugiada bajo unas sillas, como si hubiese estado buscando resguardarse de la noche para mitigar el frío o el dolor que tenía. Cuando la he recogido he tenido la sensación de que no hacía mucho tiempo que había expirado porque aún no estaba del todo rígida ni su tacto era el de la fría muerte. Es como si hubiese estado esperando que alguien llegase a tiempo de socorrerla y darle calor, pero su esperanza no se ha cumplido.

Al comentar el hecho, con una exclamación de desazón y pena, una compañera me ha indicado que posiblemente hubiera otra paloma muerta en uno de los patios interiores. Con la primera en mis manos, me he encaminado a la búsqueda de la otra. Efectivamente había otra paloma muerta, que ayer estaba enferma y que nadie acudió a socorrer. La sensación de extrañeza y de vacío ha sido por partida doble. Las he colocado juntas y envuelto en una indigna bolsa de plástico. Una vez se ha muerto, el cuerpo no importa el destino que tenga. Aunque me han dado ganas de ir donde las he depositado y recogerlas para enterrarlas. He llegado tarde. La limpiadora ya había recogido la bolsa y se la ha llevado para arrojarla a la basura.

Puede parecer una tontería todo esto que cuento, pero se me ha antojado como un suceso extraño que me ha hecho pensar en el simbolismo de esta escena, aunque aún no lo he sabido relacionar. Desde muy antiguo -y así se nos indica en el Antiguo Testamento al narrarnos la historia de Noé- la paloma ha tenido un fuerte significado como símbolo del espíritu bondadoso y la paz. También se la ha interpretado como símbolo de la amistad y del amor generoso de Dios, a través del espíritu.

Ambas criaturas han pasado sus últimos momentos solas, con su dolor y su frío. Ambas estaban en el mismo edificio. Ambas tan cerca y a la vez tan separadas por muros cubiertos. Puede que todo esto tenga algo que ver con hechos que me van a ocurrir y puede que no. Puede que todo sea casualidad y sólo haya sido el motivo de experimentar sensaciones. En cualquier caso siempre habrá quien piense que algo premonizan. Puede que hoy no sea un buen día.

miércoles, 14 de marzo de 2007

Eclipses de luna (II)

(...) Era tarde ya. Ernesto estaba pensando comenzar a escribir aquella novela que durante toda su vida había tenido balbuciendo en su mente. Sería bastante autobiográfica en cuanto al pensamiento sobre las cosas que él consideraba importantes. Pero quería reescribir su historia de manera que pareciese una vida ajena, inventada. Al terminar de escribir el primer folio se había quedado en blanco porque los recuerdos se acumulaban en su mente como una sucesión de imágenes, tan demasiado rápidas que le confundían.

No era ningún recurso original comenzar por su presente, para narrar algo que ni siquiera sabía el tiempo real vivido que iba a reflejar. Posiblemente aquellos momentos más complejos a la vez que los más ricos. Ahora no podía ni quería continuar. Se levantó del ordenador, encendió un cigarrillo y cogió una copa en la que vertió una buena cantidad de ese vino de la Ribera del Duero, que desde hacía años tomaba a diario. Acomodado en la terraza de su ático -mientras contemplaba el hermoso cielo estrellado-, trataba de ordenar su pensamiento y planificar por donde comenzar a construir ese libro, que en esta ocasión sería de un género totalmente distinto a lo que había venido escribiendo durante los últimos 18 años. En el fondo sabía que iba a ser una empresa un poco difícil y deseaba que no le ocurriera lo mismo de siempre. Innumerables veces había planificado y comenzado a construir esa novela, pero siempre era un proyecto que moría antes de comenzar. Como mucho lograba escribir dos o tres folios, que perdía con el tiempo y que no continuaba nunca.

Su labor como docente en la universidad, le obligaba a investigar y a realizar publicaciones científicas y ensayos, sobre distintos aspectos de las artes plásticas y su presencia en las imágenes literarias. En los últimos meses estaba volcado en un estudio-ensayo sobre la luz como elemento fundamental que define los espacios arquitectónicos y conforma la escena, tanto en pintura como en escultura. Era uno de los temas que más le habían interesado desde que inició su labor docente e investigadora. Ahora se encontraba en una situación que le permitía realizar esta investigación con el rigor que siempre había querido darle a sus trabajos. Disponía del tiempo necesario por gozar de un año sabático en la docencia.

Llevaba trabajando en este tema algo más de tres meses y tenía previsto viajar a Italia para tomar apuntes “in situ” de algunos edificios en la zona del Véneto, de Roma y del sur de la península itálica, para compararlos con la edilicia del barroco español. Le interesaba especialmente la huella y la influencia de Guarino Guarini en el sur de España e Italia, por ser ambas regiones meridionales muy similares en varios aspectos y, de alguna manera, por la presencia de la cultura islámica. Estaba convencido de que el modo de hacer musulmán había impregnado de tal manera la construcción y la vida cotidiana de ambos lugares, que la decoración recargada de los edificios barrocos de estos territorios se debía, en gran medida, a la pervivencia y al efecto de lo islámico. Esta tesis encontraría muchos detractores en el mundo académico; tan rígido y poco dado a admitir nuevas posturas, que supusieran un gran cambio en los principios establecidos. Por ello debía recurrir a la evidencia plástica, interrelacionando ejemplos reales de construcciones de ambas épocas y países.

Lo que realmente perseguía con este trabajo, era llegar a ser nombrado miembro emérito de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, como premio a su labor investigadora de los últimos años. Hacía poco más de dos años había sido postulado para esta mención por la Academia de las Bellas Artes y Letras de Santa Isabel de Hungría en Sevilla, pero la reconocida la labor de un colega suyo -en el ámbito de la arquitectura moderna andaluza- inclinó la balanza de ese lado. No es que este reconocimiento fuese una meta conscientemente propuesta, ni siquiera era algo que considerase de vital importancia en su carrera. Pero sabía que una mención de tal prestigio supondría un mayor reconocimiento de todo lo que había publicado durante su periplo académico y podría permitirle una situación laboral más cómoda, ahora que ya se acercaba el momento de abandonar las aulas porque su jubilación estaba cercana.

Entretenido en estos pensamientos, no se había dado cuenta de que rondaban las tres de la madrugada y que al día siguiente debería acudir a la Facultad para cerrar algunos asuntos pendientes, antes de viajar a Italia. Tomó el resto del vino que tenía en la copa, conectó el sistema automático de riego de las plantas que decoraban la terraza y se retiró a su habitación a dormir.
A la mañana siguiente, siguiendo la costumbre diaria, inició el grato paseo por el centro de la ciudad que le conducía hasta la Facultad. Su casa estaba en pleno casco histórico de Alcalá de Henares en uno de esos edificios emblemáticos que habían sido rehabilitados, dentro del patio y corral del antiguo Colegio de los Irlandeses -del que ya solo quedaba la fachada y una de las pandas del patio central que se usaba como biblioteca pública-. Al profesor Marín le gustaba salir por la Calle Mayor -haciendo un camino más largo que si salía por la calle Escritorios- y pararse a tomar su primer café en la popular y antigua cafetería El Postre, que se encontraba en la esquina con la plaza de Cervantes.

Esa mañana tomó el café con mayor rapidez que otros días porque tenía numerosos asuntos que atender en su despacho. Atravesó la plaza y, por la calle del arquitecto Pedro Gumiel, en pocos minutos accedió a la Universidad Cisneriana -como se la conocía popularmente-, edificio donde se encuentra la Facultad y su despacho. (...)

Sebastián Bermúdez H.

(El profesor Ernesto Marín Cifuentes, se ha empeñado en que cuente su historia. No sé las ganas que tendré, ni siquiera si podré hacerlo. Amigo lector, te apetece saber qué ha sido de este hombre? Pues házmelo saber)

jueves, 8 de marzo de 2007

Eclipses de luna

Esta madrugada del 7 de marzo de 2027, ha tenido lugar un eclipse total de luna, con la magia que los amantes o crédulos del esoterismo otorgan a este acontecimiento astrológico. Hace algo más de 22 años que no se producía este hecho. Aún recuerdo que tuve la oportunidad de ver el anterior eclipse y, desde entonces, no he podido olvidar ni desacostumbrarme de un sentimiento de nostalgia que ha formado parte de mí estos largos cuatro lustros.

Tengo 60 años, un trabajo cómodo y una vida cómoda. Sin altibajos ni sorpresas. Pero me encuentro sólo. Amores y pasiones pasajeras no me han faltado a lo largo de estos años. Por todas ellas siempre pasé de puntillas. Lo cierto es que me encuentro tan vacío y sólo como lo hice siem
pre.

Quizás vivo lo que he querido sentir y disfrutar. Aunque en mis adentros siempre he tenido la sensación de dejarme llevar por las necesidades de los otros y aparcar mis verdaderos deseos y sentimientos. Supongo que mucha gente está hecha de la misma masa que yo. He intentado no herir ni hacer daño a nadie, pero no lo he conseguido. No es que pretendiera ser mejor que nadie, sino más bien por egoísmo propio. Por no tener remordimientos ni pesares de ningún tipo. Seguro que tengo más enemigos de los que me he buscado y seguro que muchos de ellos se deben a la falta de voluntad por aclarar determinadas cosas. Reconozco que nada de eso fue premeditado. Solo fueron circunstancias poco afortunadas en las que me ví envuelto. Posiblemente pude hacer algo para remediar las tensiones o diferencias y no supe verlo. No tengo costumbre de culpar a nadie de lo que ni yo mismo acerté a ver o corregir.

Lo que más me subyuga y aturde es tener constancia de que muchas de las cosas buenas que pude vivir, no las viví por malentendidas cuestiones de orgullo y una pública soberbia, que realmente enmascaraba la ridícula timidez que ha condicionado todos mis actos. Quizás los que me han conocido se han hecho un retrato equivocado de mi forma de ser, pero tampoco les puedo culpar porque ellos han visto sólo lo que yo quise que vieran. Nunca entenderé porqué nos parapetamos detrás de una falsa coraza intentando protegernos de todo, incluso de aquello de lo que no necesitamos protección, sino más bien un empujón. Ese ha sido mi caso, como el de muchas otras personas con las que he compartido, aunque sólo haya sido un mismo espacio físico, sin siquiera conocerlas.

Nos vamos rodeando de cosas y pensamientos que nos provocan cierto bienestar momentáneo, como la droga que calma los escalofríos y calambres. Pero siempre dejamos de lado aquello que más necesitamos o es más importante. Nos suele faltar tiempo para expresar el cariño, la amistad o el amor. Siempre dije que haría lo posible por no cantar aquello de “no quiero arrepentirme yo después, de lo que pudo haber sido y no fue….”, pero no es cierto. Han tenido que pasar más de 20 años para que deba reconocer que sí lo he cantado durante todo este tiempo y que no hice cuanto pude por evitarlo. Muchas veces, en mi silencio, he tarareado estrofas como “quiero dormir cansado para no pensar en ti, quiero dormir profundamente…” o aquello de “porque este terco corazón no te olvida…”. Durante estos años sólo he tenido compañeros sin mucha huella y compañías del momento. No he encontrado la magia que me embriagara y sometiese mi rebeldía. Me he limitado a pasar de puntillas por casi todas las cosas, sin querer hacer ruido y sin querer dejar ningún tipo de huella en nada ni en nadie.

Ni quiero ni pretendo arrepentirme de nada, porque todo lo que viví tuvo su poco o mucho eco y me sirvió para conocer que estaba viviendo. Eso no quiere decir que no me embargue el hastío por haber dejado pasar cosas, que realmente quise que se detuvieran en mí. Tuve grandes oportunidades de ser feliz con una persona tan sencillamente especial que nunca pude conocer a otra que me hiciera olvidar su estigma. No le culpo por haberse marchado. Fui yo quien le dejó ir, aún sabiendo q
ue me entregaba lo mejor y que sólo estaba esperando un gesto, una palabra de verdad de mis labios, para quedarse junto a mí. Reconozco que he sido cobarde y me he merecido tener la vida que he tenido. Pudo ser tan fácil y tan simple ser feliz, que lo desprecié. Preferí quedarme con lo que estaba agotado, que terminó desapareciendo como una pavesa encarnada que se lleva el viento. Pocas veces he vuelto a tener noticias suyas. Sé que se limitó a vivir lo que el tiempo le regaló y también sé que nunca se sintió feliz. Fuimos como dos almas gemelas que se encontraron, se entregaron y casi se destruyeron. Almas que desde entonces han vagado sin rumbo, perdidas y sin remedio.

Me hubiera gustado haber tenido una segunda oportunidad y poder volver en el tiempo. Quisiera reescribir mi historia y evitar cometer algunos errores. La tecnología todavía no ha avanzado lo suficiente como para desintegrarnos en minúsculas partículas que poder transportar en el tiempo, que con fuerza propia puedan recomponerse en otro tiempo y lugar. De ser así, seguramente dejaría que muchas cosas ocurrieran como han ocurrido; pero no habría dejado pasar la única oportunidad que he tenido de intentar compartir de verdad y ser feliz. No sé hasta donde habríamos podido llegar, pero sé que habría merecido la pena intentarlo y dejarnos llevar por el tiempo. Incluso, aunque la tediosa costumbre nos hubiera llevado al abandono y al fin de la historia; siempre conservaría el buen sabor de boca de haber vivido una pasión que pocas personas tienen oportunidad de disfrutar.
(...) To be continued
Sebastián Bermúdez Hormigo