(...) Era tarde ya. Ernesto estaba pensando comenzar a escribir aquella novela que durante toda su vida había tenido balbuciendo en su mente. Sería bastante autobiográfica en cuanto al pensamiento sobre las cosas que él consideraba importantes. Pero quería reescribir su historia de manera que pareciese una vida ajena, inventada. Al terminar de escribir el primer folio se había quedado en blanco porque los recuerdos se acumulaban en su mente como una sucesión de imágenes, tan demasiado rápidas que le confundían.
No era ningún recurso original comenzar por su presente, para narrar algo que ni siquiera sabía el tiempo real vivido que iba a reflejar. Posiblemente aquellos momentos más c
omplejos a la vez que los más ricos. Ahora no podía ni quería continuar. Se levantó del ordenador, encendió un cigarrillo y cogió una copa en la que vertió una buena cantidad de ese vino de la Ribera del Duero, que desde hacía años tomaba a diario. Acomodado en la terraza de su ático -mientras contemplaba el hermoso cielo estrellado-, trataba de ordenar su pensamiento y planificar por donde comenzar a construir ese libro, que en esta ocasión sería de un género totalmente distinto a lo que había venido escribiendo durante los últimos 18 años. En el fondo sabía que iba a ser una empresa un poco difícil y deseaba que no le ocurriera lo mismo de siempre. Innumerables veces había planificado y comenzado a construir esa novela, pero siempre era un proyecto que moría antes de comenzar. Como mucho lograba escribir dos o tres folios, que perdía con el tiempo y que no continuaba nunca.
Su labor como docente en la universidad, le obligaba a investigar y a realizar publicaciones científicas y ensayos, sobre distintos aspectos de las artes plásticas y su presencia en las imágenes literarias. En los últimos meses estaba volcado en un estudio-ensayo sobre la luz como elemento fundamental que define los espacios arquitectónicos y conforma la escena, tanto en pintura como en escultura. Era uno de los temas que más le habían interesado desde que inició su labor docente e investigadora. Ahora se encontraba en una situación que le permitía realizar esta investigación con el rigor que siempre había querido darle a sus trabajos. Disponía del tiempo necesario por gozar de un año sabático en la docencia.
Llevaba trabajando en este tema algo más de tres meses y tenía previsto viajar a Italia para tomar apuntes “in situ” de algunos edificios en la zona del Véneto, de Roma y del sur de la península itálica, para compararlos con la edilicia del barroco español. Le interesaba especialmente la huella y la influencia de Guarino Guarini en el sur de España e Italia, por ser ambas regiones meridionales muy similares en varios aspectos y, de alguna manera, por la presencia de la cultura islámica. Estaba convencido de que el modo de hacer musulmán había impregnado de tal manera la construcción y la vida cotidiana de ambos lugares, que la decoración recargada de los edificios barrocos de estos territorios se debía, en gran medida, a la pervivencia y al efecto de lo islámico. Esta tesis encontraría muchos detractores en el mundo académico; tan rígido y poco dado a admitir nuevas posturas, que supusieran un gran cambio en los principios establecidos. Por ello debía recurrir a la evidencia plástica, interrelacionando ejemplos reales de construcciones de ambas épocas y países.
Lo que realmente perseguía con este trabajo, era llegar a ser nombrado miembro emérito de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, como premio a su labor investigadora de los últimos años. Hacía poco más de dos años había sido postulado para esta mención por la Academia de las Bellas Artes y Letras de Santa Isabel de Hungría en Sevilla, pero la reconocida la labor de un colega suyo -en el ámbito de la arquitectura moderna andaluza- inclinó la balanza de ese lado. No es que este reconocimiento fuese una meta conscientemente propuesta, ni siquiera era algo que considerase de vital importancia en su carrera. Pero sabía que una mención de tal prestigio supondría un mayor reconocimiento de todo lo que había publicado durante su periplo académico y podría permitirle una situación laboral más cómoda, ahora que ya se acercaba el momento de abandonar las aulas porque su jubilación estaba cercana.
Entretenido en estos pensamientos, no se había dado cuenta de que rondaban las tres de la madrugada y que al día siguiente debería acudir a la Facultad para cerrar algunos asuntos pendientes, antes de viajar a Italia. Tomó el resto del vino que tenía en la copa, conectó el sistema automático de riego de las plantas que decoraban la terraza y se retiró a su habitación a dormir.
No era ningún recurso original comenzar por su presente, para narrar algo que ni siquiera sabía el tiempo real vivido que iba a reflejar. Posiblemente aquellos momentos más c
omplejos a la vez que los más ricos. Ahora no podía ni quería continuar. Se levantó del ordenador, encendió un cigarrillo y cogió una copa en la que vertió una buena cantidad de ese vino de la Ribera del Duero, que desde hacía años tomaba a diario. Acomodado en la terraza de su ático -mientras contemplaba el hermoso cielo estrellado-, trataba de ordenar su pensamiento y planificar por donde comenzar a construir ese libro, que en esta ocasión sería de un género totalmente distinto a lo que había venido escribiendo durante los últimos 18 años. En el fondo sabía que iba a ser una empresa un poco difícil y deseaba que no le ocurriera lo mismo de siempre. Innumerables veces había planificado y comenzado a construir esa novela, pero siempre era un proyecto que moría antes de comenzar. Como mucho lograba escribir dos o tres folios, que perdía con el tiempo y que no continuaba nunca.Su labor como docente en la universidad, le obligaba a investigar y a realizar publicaciones científicas y ensayos, sobre distintos aspectos de las artes plásticas y su presencia en las imágenes literarias. En los últimos meses estaba volcado en un estudio-ensayo sobre la luz como elemento fundamental que define los espacios arquitectónicos y conforma la escena, tanto en pintura como en escultura. Era uno de los temas que más le habían interesado desde que inició su labor docente e investigadora. Ahora se encontraba en una situación que le permitía realizar esta investigación con el rigor que siempre había querido darle a sus trabajos. Disponía del tiempo necesario por gozar de un año sabático en la docencia.
Llevaba trabajando en este tema algo más de tres meses y tenía previsto viajar a Italia para tomar apuntes “in situ” de algunos edificios en la zona del Véneto, de Roma y del sur de la península itálica, para compararlos con la edilicia del barroco español. Le interesaba especialmente la huella y la influencia de Guarino Guarini en el sur de España e Italia, por ser ambas regiones meridionales muy similares en varios aspectos y, de alguna manera, por la presencia de la cultura islámica. Estaba convencido de que el modo de hacer musulmán había impregnado de tal manera la construcción y la vida cotidiana de ambos lugares, que la decoración recargada de los edificios barrocos de estos territorios se debía, en gran medida, a la pervivencia y al efecto de lo islámico. Esta tesis encontraría muchos detractores en el mundo académico; tan rígido y poco dado a admitir nuevas posturas, que supusieran un gran cambio en los principios establecidos. Por ello debía recurrir a la evidencia plástica, interrelacionando ejemplos reales de construcciones de ambas épocas y países.
Lo que realmente perseguía con este trabajo, era llegar a ser nombrado miembro emérito de la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando, como premio a su labor investigadora de los últimos años. Hacía poco más de dos años había sido postulado para esta mención por la Academia de las Bellas Artes y Letras de Santa Isabel de Hungría en Sevilla, pero la reconocida la labor de un colega suyo -en el ámbito de la arquitectura moderna andaluza- inclinó la balanza de ese lado. No es que este reconocimiento fuese una meta conscientemente propuesta, ni siquiera era algo que considerase de vital importancia en su carrera. Pero sabía que una mención de tal prestigio supondría un mayor reconocimiento de todo lo que había publicado durante su periplo académico y podría permitirle una situación laboral más cómoda, ahora que ya se acercaba el momento de abandonar las aulas porque su jubilación estaba cercana.
Entretenido en estos pensamientos, no se había dado cuenta de que rondaban las tres de la madrugada y que al día siguiente debería acudir a la Facultad para cerrar algunos asuntos pendientes, antes de viajar a Italia. Tomó el resto del vino que tenía en la copa, conectó el sistema automático de riego de las plantas que decoraban la terraza y se retiró a su habitación a dormir.
A la mañana siguiente, siguiendo la costumbre diaria, inició el grato paseo por el centro de la ciudad que le conducía hasta la Facultad. Su casa estaba en pleno casco histórico de Alcalá de Henares en uno de esos edificios emblemáticos que habían sido rehabilitados, dentro del patio y corral del antiguo Colegio de los Irlandeses -del que ya solo quedaba la fachada y una de las pandas del patio central que se usaba como biblioteca pública-. Al profesor Marín le gustaba salir por la Calle Mayor -haciendo un camino más largo que si salía por la calle Escritorios- y pararse a tomar su primer café en la popular y antigua cafetería El Postre, que se encontraba en la esquina con la plaza de Cervantes.
Esa mañana tomó el café con mayor rapidez que otros días porque tenía numerosos asuntos que atender en su despacho. Atravesó la plaza y, por la calle del arquitecto Pedro Gumiel, en pocos minutos accedió a la Universidad Cisneriana -como se la conocía popularmente-, edificio donde se encuentra la Facultad y su despacho. (...)
Esa mañana tomó el café con mayor rapidez que otros días porque tenía numerosos asuntos que atender en su despacho. Atravesó la plaza y, por la calle del arquitecto Pedro Gumiel, en pocos minutos accedió a la Universidad Cisneriana -como se la conocía popularmente-, edificio donde se encuentra la Facultad y su despacho. (...)
Sebastián Bermúdez H.
(El profesor Ernesto Marín Cifuentes, se ha empeñado en que cuente su historia. No sé las ganas que tendré, ni siquiera si podré hacerlo. Amigo lector, te apetece saber qué ha sido de este hombre? Pues házmelo saber)
1 comentario:
La verdad es que a mí la pintura no me gusta demasiado. Si es la arquitectura clásica, sí. Así que no soy el más adecuado para este tipo de blogs.
Supongo que en el fondo me gusta e interesan cosas mucho más vanales. Aunque es bonito lo que escribes.
Un beso
Publicar un comentario