Todo parecía repetirse por segunda vez. Ahora volvía, de nuevo, a su vida la misma sensación, el mismo dolor. Y casi de la misma forma que cuando era más joven. El amor se presentó sin avisar, sin pedir permiso. Poco a poco fue llenando el vacío y derritiendo el hielo con su calor. En silencio…, hasta que dio la cara.
Pensaba que era mucha casualidad que, algo más de 14 años antes, un tren y el amor le habían cambiado la vida -alejándole de su entorno familiar- y de nuevo sería un tren quien le llevase de vuelta, para alejarlo del desamor. Ya no tenía fuerzas para seguir luchando y no tenía ganas de continuar sufriendo. No quería, pero debía alejarse de la mejor persona que había conocido en su vida. La decisión ya estaba tomada. Lo mejor que podía hacer era volver al lugar de donde nunca debió haber partido.
Era como si el tren simbolizase los viajes de ida y vuelta al amor, mejor dicho: al desamor; el acercarse y alejarse definitivamente de lo que más quería y necesitaba. Sólo que durante estos años que mediaban, su vida había cambiado.
Ahora, por el contrario, este viaje tenía lugar bien avanzado el otoño, en diciembre, con el invierno en ciernes. Ese fue el hecho que le hizo pensar en el simbolismo de las estaciones en relación con sus etapas vitales. Sus 45 años también coincidían con el otoño de su vida, con la madurez tranquila en que se van dejando atrás muchas cosas que, en otros momentos, fueron ricas en color y luz, y que ahora debían secarse y caer como las hojas de los árboles para dar paso a otra etapa.
Sabía que en el otoño del amor las cosas más buenas -ingenuas y llenas de una ilusión casi pueril- ya habían pasado. Sabía que a partir de entonces sería mucho más difícil engendrar y dar a luz un amor intenso que le diese vida e ilusión. Ya no era ese el tiempo. Llegaba el momento de vivir amores tranquilos para quienes lo habían conseguido en la primavera o en el verano de sus vidas. Él no tenía nada de eso, o peor aún, sabía que estaba condenado a no tenerlo nunca por razones que no entendía.
Su pensamiento, marcado por la experiencia vivida, sólo quería encontrar una salida al vacío y al dolor, aunque eso supusiera llegar al estado vegetativo de la ausencia. Ausencia de dolor y de hastío, empero ausencia de amor, de luz, de pasión y –en cierto modo- de vida. Mientras observaba el paisaje, que viajaba aprisa a través de las ventanillas del vagón, estaba reflexionando en que su vida nada tenía que ver con lo que siempre había esperado y deseado, y mucho menos después de haber amado como había y estaba amando. Sólo quería ser alguien normal, si quieres, incluso anodino, sin muchas tormentas interiores ni grandes acontecimientos de contar. Uno más entre los millones de seres que le rodeaban. Pero Esteban sabía que eso era así porque su existencia había sido de todo menos común. No se sentía especial ni distinto a nadie pero arrastraba consigo una serie de vivencias que pocas personas habían tenido, para mayor “INRI” suyo.
Era como si el tren simbolizase los viajes de ida y vuelta al amor, mejor dicho: al desamor; el acercarse y alejarse definitivamente de lo que más quería y necesitaba. Sólo que durante estos años que mediaban, su vida había cambiado.
Ahora, por el contrario, este viaje tenía lugar bien avanzado el otoño, en diciembre, con el invierno en ciernes. Ese fue el hecho que le hizo pensar en el simbolismo de las estaciones en relación con sus etapas vitales. Sus 45 años también coincidían con el otoño de su vida, con la madurez tranquila en que se van dejando atrás muchas cosas que, en otros momentos, fueron ricas en color y luz, y que ahora debían secarse y caer como las hojas de los árboles para dar paso a otra etapa.
Sabía que en el otoño del amor las cosas más buenas -ingenuas y llenas de una ilusión casi pueril- ya habían pasado. Sabía que a partir de entonces sería mucho más difícil engendrar y dar a luz un amor intenso que le diese vida e ilusión. Ya no era ese el tiempo. Llegaba el momento de vivir amores tranquilos para quienes lo habían conseguido en la primavera o en el verano de sus vidas. Él no tenía nada de eso, o peor aún, sabía que estaba condenado a no tenerlo nunca por razones que no entendía.
Su pensamiento, marcado por la experiencia vivida, sólo quería encontrar una salida al vacío y al dolor, aunque eso supusiera llegar al estado vegetativo de la ausencia. Ausencia de dolor y de hastío, empero ausencia de amor, de luz, de pasión y –en cierto modo- de vida. Mientras observaba el paisaje, que viajaba aprisa a través de las ventanillas del vagón, estaba reflexionando en que su vida nada tenía que ver con lo que siempre había esperado y deseado, y mucho menos después de haber amado como había y estaba amando. Sólo quería ser alguien normal, si quieres, incluso anodino, sin muchas tormentas interiores ni grandes acontecimientos de contar. Uno más entre los millones de seres que le rodeaban. Pero Esteban sabía que eso era así porque su existencia había sido de todo menos común. No se sentía especial ni distinto a nadie pero arrastraba consigo una serie de vivencias que pocas personas habían tenido, para mayor “INRI” suyo.
Esos días de recomposición de su dolor y su ego, decidió que solo podía hacer una cosa: tratar de vivir el resto
de sus días de modo que ya nunca más volviese a sufrir por desear tener a alguien especial a su lado. Deseaba que su corazón se instalase en el invierno, definitivamente.
de sus días de modo que ya nunca más volviese a sufrir por desear tener a alguien especial a su lado. Deseaba que su corazón se instalase en el invierno, definitivamente. Turner, 1844

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